John Lynch

La España del siglo XVIII

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El primer libro que leo del hispanista John Lynch y me ha dejado una buena impresión. Escrito en un lenguaje comprensible por el público generalista, comprende los prolegómenos del siglo XVIII y los primeros años (hasta 1808) del XIX. Abarca todos los aspectos que afectan al país: la economía y la hacienda, la guerra y la escasa paz, la monarquía y las clases privilegiadas (clero y aristocracia), las miserias del pueblo, el funcionamiento del Estado en general, y un buen repaso de la situación de la América española. En general el libro es bastante ameno. Solo se diluye un poco en algunos momentos en que aporta porcentajes y estadísticas comparativas de manera súbita, como un desbordamiento repentino de un río, del que es mejor apartarse un momento, para luego volver a su cauce tranquilo. Se agradece el tratamiento desapasionado de la materia, pero no falto de valoraciones y análisis, que hace el autor sobre los males endémicos del país y sus culpables, desapasionamiento que es más habitual en los hispanistas extranjeros que entre los españoles. Con la tranquilidad que da no sentirse parte de este pueblo , Lynch describe quienes “cortaban el bacalao” en España y quienes se lo comían, pero sin hacer demagogia. Es evidente que las clases aristocrática y eclesiástica tenían el poder, sino total, sí el de coaccionar a la monarquía para que ésta hiciera aquello que le interesaba, o no hiciera aquello que más le perjudicaba. Se descubre el lento proceso de ruina del sistema de Antiguo Régimen en España, cómo va muriendo a medida que va creciendo un tercer estamento que será la burguesía (hija ésta de la pequeña nobleza metida a empresaria o ilustrada, y los escasos self-made men, trepadores de la escala burocrática e industrial por medios lícitos -con capacidad y trabajo, o ya sea por medio del enchufe y la corrupción. El núcleo de la historia de este libro es ese ascenso de una clase de personas que antes no existían y que ahora, si bien no mandan nada, hacen poco a poco su presencia más y más conspícua en el escenario social español. Hacia la segunda mitad del siglo, con la llegada de Campomanes y otros ilustrados a la escena política, y el papel que ganan en esta historia, el lector puede llegar a perder de vista al puebo llano, dado el papel de nulidad que tiene en las decisiones que van conformando el destino de España. Pero no debe perderlo de vista. El pueblo siemprea aparece descrito, si bien de fondo de pantalla, a lo largo de todo el libro. El papel del pueblo es sobrevivir como sea, él y su familia, y amoldarse a lo que le echen desde arriba sus amos: la caridad del Estado, de la Iglesia Católica, el Ejército, el señor feudal, la burocracia dependiente del ministro de turno... todos los que no pertenecen a las dos clases privilegiadas, sin excepción, deben luchar por salir adelante y saben que no lo conseguirán sin el placet [favoritismo/clientelismo] de su amo. Y aquí está el quid de la cuestión que se dilucidará en el motín de Aranjuez, la caída de Godoy, y en el encumbramiento del nuevo rey Fernando VII tras la guerra de Independencia. La cuestión a la que me refiero, es el papel tan vil que asumirá el pueblo, la masa española, moldeada por el clero y la aristocracia durante siglos, en el momento más importante de España en muchos siglos, y cuando aparece una nueva clase social, y además ilustrada, el pueblo se decantará por hacerse oir por primera vez pero gritando lo que le manda la aristocracia y el clero precisamente, es decir, sus amos que durante siglos los has esclavizado y mantenido en la sumisión más abyecta. No salen para defender a los ilustrados. No salen para dar la bienvenida a los franceses, pues cualquier cosa era preferible antes que seguir con los mismos amos. Salen a defender a sus propios opresores, a los que disfrutan de privilegios a su costa. El motín de Aranjuez fue un golpe de la aristocracia más retrógrada unida al Ejército (copada por la aristocracia) y del clero. Éste convirtió a la guerra contra Napoleón en una guerra de religión, ¡de religión! De hipócritas, más bien. Porque el pueblo de creyente no tenía nada: el catolicismo siempre fue una conveniencia social, nunca una convicción teológica. Pero como siempre, y hasta hoy, este pueblo solo apoya a quienes les dan la sopa boba, y si hay que decir viva la religión, se dice; y si vivan las caenas, pues también:

 

El motín de Aranjuez no fue una rebelión popular. A su frente estuvieron el Príncipe de Asturias y sus seguidores, fue organizada por los grandes y por los nobles titulados, protagonizada por el ejército y por la multitud y activada a nivel popular por el radical conde de Montijo, disfrazado -disfraz escasamente verosímil- de trabajador.”

 

[Casi parece que veo a los artistas millonarios progres, los de la ceja, encabezando la manifestación de turno contra el gobierno de derechas. Siempre hay gente para seguir a estos canallas.]


Si bien el capítulo que supuso Aranjuez fue ya en el siglo XIX, se incluye aquí porque fue el colofón a todo lo que venía preparándose a lo largo del siglo XVIII, y el verdadero final de una era, el Antiguo Régimen. El problema de España no es que falten las buenas cabezas o las buenas personas, lo que falla es el pueblo en masa, porque ese pueblo no tiene valores. Ha sido durante siglos celosamente apartado de Europa, del progreso, de la ciencia, de la tolerancia que se cultiva en la diversidad, del capitalismo, de la libertad de religión y de expresión; y luego ha estado amamantado siempre por papá Estado y mamá Iglesia Católica, que nunca ha querido emanciparse y probar lo que son las responsabilidades y ejercer la necesidad de pensar y valerse por sí mismo. Por eso pienso, aunque sea una opinión nada fácil de asumir, que hubiera sido mejor quedarnos entonces con el bueno de José Bonaparte, al que el pueblo puso a parir como suele hacer quienes no son de los suyos, que tener a un rey tan malvado y malnacido como a Fernando VII. Hubiera sido mejor cambiar de amos, hacerles ver al clero y a la aristocracia que si nos quieren tendrán que valorarnos, considerarnos adultos y emancipados. No más sopa boba. Y hoy día: no más Estado, ni central ni autonómico. El pueblo español debe emanciparse ya.


"Es cierto que el Romano es libre de hacer todo lo que quiera. Pero también lo es que tiene que soportar las consecuencias de sus actos. No importa que se haya equivocado, que le hayan engañado o incluso forzado: un hombre no se deja forzar: etiamsi coactus, attamen voluit. Es libre; pero si distraído, imprudente o atontado, prometió pagar una determinada cantidad y no puede pagarla, se convierte en esclavo de su acreedor."

Rudolph von Ihering

“Slavery, protection, and monopoly find defenders, not only in those who profit by them, but in those who suffer by them.”

Frédéric Bastiat

On the true nature of the Castro Revolution in Cuba: "The revolution was a cover for committing atrocities without the slightest vestige of guilt ... we were young and irresponsible. We were pirates. We formed our own caste ... we belonged to and believed in nothing -no religion, no flag, no morality or principle. It's fortunate we didn't win, because if we had, we would have drowned the continent in barbarism."

Jorge Masetti -In the Pirate's Den

La anarquía, es decir, la ausencia de fuerza estatal, no es una forma de Estado, y cualquiera que acabe con ella por el medio que sea, el usurpador nacional o el conquistador extranjero, rinde un servicio a la sociedad. Es un salvador, un bienhechor, porque la forma más insoportable de Estado es la ausencia de Estado.


Rudolph von Ihering

"El envidioso está afligido no solo por sus males propios, sino por los bienes de los demás."  -Hipias

[la norma de conducta de los progres] "No hacer nada que alguien pueda envidiarme." -Hipasos

NINOTCHKA,

O EL DISCRETO DESENCANTO CON EL SOCIALISMO 

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Seguimos a la espera de la reedición de este importante libro del gran escritor español José Pla

Historia de la Segunda República.

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También a la espera de este importante libro del genial Rafael Abella.

Finales de enero, 1939, Barcelona cambia de piel

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