Bertrand de Jouvenel

Sobre el Poder: Historia natural de su crecimiento

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Casi 500 páginas de intenso debate interno, de indagación, sobre el origen y evolución del Poder y, por extensión del gobierno, del Estado, de las sociedades humanas y, finalmente, de la libertad. El lector vivirá la historia de las comunidades humanas de una manera intensa y crítica, siempre haciéndose preguntas, siempre intentando entender las motivaciones o los impulsos que provocaron que nuestros ancestros, y ahora nosotros, delegaran sus reponsabilidades en otros seres o instituciones con el fin, supuesto, de proteger su vida, su seguridad, y en lo cabe, una cierta calidad de vida. Y adoptar dichas decisiones a costa de su libertad. Dependiendo de cúanto valoren los individuos su libertad (parece un trasunto de Fausto vendiendo su alma a Mefistófeles) canjearán esta por la seguridad que puedan obtener a través de una relación siervo-señor feudal; amo-esclavo; o, como sucede hoy día en el moderno Estado Social Occidental: a través de un complicado entramado de dependencias sociales que equivalen en la práctica a un vasallaje a la antiguo usanza, y que impiden que el indiviudo -al menos el de carácter menos sanguíneo- pueda o quiera emanciparse de un Estado omnipotente que le acompaña desde la cuna a la tumba y que le regala los oídos al modo, repito, del mismo Mefistófeles.

 

El libro no es el ladrillo que uno podría esperar por el tema y el volumen. Cierto que uno se encuentra a menudo con casos de esos y que vuelven reacios a los lectores que luego reniegarán de volver a leer un libro en su vida que no sea pura ficción o demagogia electoral. Este libro es claro y a la vez intenso. Hace pensar continuamente. Cansa, pero porque no da respiro, no por aburrimiento. Las ideas no son fáciles de explicar, y Jouvenel lo consigue, sin llegar a la brillantez excelsa, pero sin decaer tampoco. Y son ideas, de lo que se habla. El protagonista es el Poder y, por implicación, la libertad individual.

 

El libro va desarrollando su argumento, planteando sus preguntas, aportando sus juicios e ilustraciones al hilo de la historia y de las ideas de pensadores que desde la Grecia clásica a la Revolución Inglesa y Francesa han afectado las vidas de los ciudadanos en relación al Estado. Al comienzo de la obra Jouvenel explica, y compartimos completamente, el motivo que le llevó a escribir este libro. Era 1945 cuando se publicó por primera vez. El autor no puede dejar de preguntarse cómo los individuos, la sociedad moderna de su tiempo, había podido llegar a tal extremo de indignidad moral, de degradación social, de servilismo con respecto al Poder. El Poder, en lo que había avanzado de siglo, eran los Totalitarismos: el Fascismo, El Nazismo, el Comunismo, y -como muy bien se veía ya en 1945 gracias a la estupidez de F.D. Roosevelt en América con su New Deal- el Welfare State: la firma que cierra el pacto final entre Mefistófeles y Fausto (estas alusiones literarias son mías).

 

Durante mi lectura he hecho muchos subrayados. Hay mucho en qué pararse y meditar. Y uno va entendiendo más y mejor la motivación y el asombro que llevó a Jouvenel a esribir este libro: ¿cómo es posible, por ejemplo, que un pueblo tan avanzado y culto como el alemán del primer tercio de siglo XX -quizás no haya habido nunca ni habrá otro tan culto en la historia- puede haberse dado a sí mismo un Estado Totalitario como el Nazi, un estado que si por algo se caracteriza es por su barbaridad, y no precisamente por su civilidad. No se trata de examinar la mente totalitaria o el Holocausto. No, este libro solo toma esta referencia a los totalitarismos modernos como referencia para adentrarse en la historia, para indagar en el alma humana y comprender lo que hay en su naturaleza desde su origen en una comunidad social primitiva hasta las sociedades políticas avanzadas de hoy día. Cómo han evolucionado esos Estados que se han dado las sociedades, cuáles eran las circunstancias por las que el hombre en unos momentos valoraba más su libertad o su seguridad. La relación entre el Individuo y el Estado, ese es el tema de la obra: el indiviudo como sujeto de un Poder sobre el cual ha delegado parte (o el todo) de su responsabilidad; y ese Poder, el cual se arroba el derecho de decidir sobre la vida del Indiviudo y de exigirle a ese Individuo que obedezca en virtud del acuerdo pactado. Este pacto es prueba del desconocimiento del hombre de aquello que pacta, de que no sabe que en realidad ha firmado un papel en blanco. La tragedia -uno concluye tras la lectura del libro- es que el bienestar del hombre en los dos últimos siglos ha ido parejo al declive moral y espiritual que ha sufrido. Carente de referentes morales, de convicciones espirituales que le orienten a la hora de decidir qué es bueno y qué no lo es, el Estado se erige en la Iglesia moderna; el Estado asume ese puesto vacante. El hombre ha mirado a su alma, como Fausto lo hizo, y se ha preguntado ¿para qué me sirves? Ante el silencio como respuesta exterior el hombre no ha considerado necesario reservarse su alma, y todo juicio moral, toda la autoridad que antes había dejado en manos de un Ser de carácter Divino, ahora lo transfiere a uno llamado Estado, y que no es más que un conglomerado de intereses formado por hombres de carne y hueso como él. su dejadez de responsabilidades nos ha conllevado a todos los males que le aquejaron en el siglo XX, desde el Holocausto al Gulag, al estabulamiento e idiocia de la juventud de hoy día. De Guttemberg a Twitter. Para acabar desaprendiendo a escribir nos podíamos ahorrar tanta historia.

 

¿Es culpable el hombre o debemos echarle la culpa al Estado, que nos ha embaucado una vez más, a los intelectuales y filósofos, que con su labia y sus artes sofistas nos han encaminado por la senda del nihilismo y el materialismo? Jouvenel, como Rudolph von Ihering, a quien cita, lo tiene claro:

 

Es cierto que el Romano es libre de hacer todo lo que quiera. Pero también lo es que tiene que soportar las consecuencias de sus actos […] no importa que se haya equivocado, que le hayan engañado, o incluso forzado: un hombre n se deja forzar: etiamsi coactus, attamen voluit. Es libre; pero si, distraído, imprudente o atontado, prometió pagar una determinada cantidad y no puede pagarla, se convierte en esclavo de su acreedor.”


13 de abril 2014

"Es cierto que el Romano es libre de hacer todo lo que quiera. Pero también lo es que tiene que soportar las consecuencias de sus actos. No importa que se haya equivocado, que le hayan engañado o incluso forzado: un hombre no se deja forzar: etiamsi coactus, attamen voluit. Es libre; pero si distraído, imprudente o atontado, prometió pagar una determinada cantidad y no puede pagarla, se convierte en esclavo de su acreedor."

Rudolph von Ihering

“Slavery, protection, and monopoly find defenders, not only in those who profit by them, but in those who suffer by them.”

Frédéric Bastiat

On the true nature of the Castro Revolution in Cuba: "The revolution was a cover for committing atrocities without the slightest vestige of guilt ... we were young and irresponsible. We were pirates. We formed our own caste ... we belonged to and believed in nothing -no religion, no flag, no morality or principle. It's fortunate we didn't win, because if we had, we would have drowned the continent in barbarism."

Jorge Masetti -In the Pirate's Den

La anarquía, es decir, la ausencia de fuerza estatal, no es una forma de Estado, y cualquiera que acabe con ella por el medio que sea, el usurpador nacional o el conquistador extranjero, rinde un servicio a la sociedad. Es un salvador, un bienhechor, porque la forma más insoportable de Estado es la ausencia de Estado.


Rudolph von Ihering

"El envidioso está afligido no solo por sus males propios, sino por los bienes de los demás."  -Hipias

[la norma de conducta de los progres] "No hacer nada que alguien pueda envidiarme." -Hipasos

NINOTCHKA,

O EL DISCRETO DESENCANTO CON EL SOCIALISMO 

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Seguimos a la espera de la reedición de este importante libro del gran escritor español José Pla

Historia de la Segunda República.

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También a la espera de este importante libro del genial Rafael Abella.

Finales de enero, 1939, Barcelona cambia de piel

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