Juan Avilés Farré

La daga y la dinamita: los anarquistas y el nacimiento del terrorismo

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El libro acusa una sobrecarga de detalle y datos intrascendentes que lastra el valor en conjunto de la obra. El autor asume la labor de periodista, investigador, sabueso, propio de autor de una novela criminal, atento al detalle, al escenario, a los protagonistas de la acción, cuando todo eso es lo que menos me interesa acerca de estos canallas, lunáticos y paranoicos anarquistas, asesinos al por mayor. El análisis de las motivaciones, de las ideologías que como cánceres se extendían por Europa -infectando incluso una nación sana y joven como Estados Unidos, eso es lo que realmente interesa. También el estudio psicológico o psico-patológico, si se quiere, de estos asesinos malvados, hubiera sido relevante, pero de ello poco hallamos. Dos tercios del libro se pierden en lo mencionado antes, pesquisas policiales y juicios tediosos que pretenden denunciar la "injusta" manera con la que justamente se castigaba a estos criminales. El otro tercio se esparce por aquí y por allá, para, finalmente, dedicarle el epílogo donde sí se hace ya el autor las preguntas que yo mismo acabo de plantear más arriba.

Hacia la página 229 me encuentro con las primeras lineas que he subrayado por su interés. Tratan acerca de la
interpretación milenarista del anarquismo. El autor cita a la estudiosa Catherine Wessinger, quien incluía dentro del concepto de milenarismo a variantes ateas como el Marxismo. El significado religioso de esta secta vendría dado por el esfuerzo por alcanzar un objetivo último, por encima de todas las otras preocupaciones individuales. El ingrediante milenarista de la “salvación” vendría caracterizado por cinco rasgos, según otro estudioso: la salvación es colectiva, terrestre, inminente, total y milagrosa. Y, cito, todos los revolucionarios propuganan una sociedad en la que el bienestar, versión laica de la salvación, será colectivo y terrestre. El aporte milagroso puede ser entendido como todo procedimiento que se aparta de los presupuestos habituales acerca de como funciona el mundo. El político frustrado o pseudo-historiador marxista Hobsbawn quiso negar la similitud entre ambos movimientos, milenarista y revolucionario, aduciendo que los seguidores del movimiento milenarista no saben hacer la revolución [carecen de un proyecto], y por tanto esperan que se haga sola. Diferencia totalmente falsa puesto que los revolucionarios han sustituido a un Mesías religioso, que sí conocía el modo y los tiempos, por un proletariado laico que les parece sin duda más dócil y maleable a sus dictados políticos. El Marxismo y sus variantes revolucionarias no son más que una religión, tanto en el fondo como en la forma, una forma de cristianismo pero al revés: odio en vez de amor; el creado contra el Creador; la vuelta al Paraíso del que “injustamente” el hombre y la mujer fueron echados por ese Padre burgués-capitalista; la desobediencia en respuesta a la negativa a cualquier orden impuesta por ese Creador. La mentalidad corrupta del revolucionario hunde sus raíces en el rechazo a toda norma recogida en la Biblia cristiana (y ésta a su vez del judaísmo, de la Toráh hebraica). El Marxismo revolucionario es una pataleta de niños malcriados, psicópatas e hijos pródigos reincidentes. Merece la pena citar al filósofo Karl Löwith, y recogido por el autor del libro: El materialismo histórico es una historia de la salvación expresada en el lenguaje de la economía política. No es de extrañar que muchos autores de ese lenguaje hayan sido en su origen, precisamente, judíos apóstatas. Estos no han hecho nada distinto de lo que hicieron los judíos fariseos contemporáneos de Jesús de Nazaret: buscaban a un Mesías político que les liberara de Roma; y si el plan de ese Mesías no fuera el mismo que el de ellos, entonces negarían que fuera el verdadero Mesías, daba igual que lo fuese.

Paralelemante al asunto del milenarismo hay otro asunto que es también de índole religioso-cristiano y que comparten los revolucionarios marxistas, y este es el de la predicación por medio del hecho. La versión laica consistiendo en la búsqueda de mártires a través de lo que ellos llamaban la
propaganda por el hecho, eufemismo de atentados terroristas. Cita el autor al escritor cristiano de la Antigüedad, Tertuliano, [quien] aludiendo al papel de los mártires en la propagación del cristianismo, observara que los filósofos paganos que predicaban la resignación ante el dolor y la muerte no encontraban tantos discípulos con sus palabras como los cristianos predicando con los hechos. Apunta como diferencia el autor de este libro que, sin embargo, los cristianos nunca habían derramado sangre ajena.

Bakunin, el profeta del anarquismo, admitía el origen religioso de su locura en estos términos:
Somos los hijos de la Revolución y de ella hemos heredado la religión de la humanidad, que debemos construir sobre las ruinas de la religión de la divinidad. No puede ser más claro.

Que la locura o imbecilidad de estos anarquistas era tan evidente lo declara el argumento que daba un tal Ravachol, que en el infierno arda para siempre, para explicar su asesinato de un pobre mendigo:
De todo ello era culpable la organización de la sociedad, que había que cambiar para eliminar las causas que engendraban los crímenes. Si la propiedad fuera común y cada uno produjera según su capacidad y consumiera según sus necesidades, no habría crímenes ni gente como aquel ermitaño, que mendigaban el vil metal del que se convertirían en esclavos y víctimas.

Otro testimonio anarquista que vale la pena y el tiempo reproducir, éste de orientación nihilista, es el siguiente:
El bien es lo que nos es bueno, lo que nos proporciona sensaciones placenteras (...)Haz lo que quieras, tal es la única ley que nuestra justicia reconoce, porque proclama la libertad de cada uno en la igualdad de todos. Este testimonio daría la razón a los miembros del jurado que le sentenciaron a la pena capital, puesto que por la misma regla a ellos les vino en gana el condenarlo a muerte. Sentencia de la que, por cierto, como en muchos otros casos que pululan por este libro, el condenado se libró, siendo conmutada por trabajos forzados; pena de la que, a su vez, escaparía -como muchos otros, huyendo a lejanas tierras, normalmente a los “odiados” Estados Unidos de América.

De todos los atentados criminales perpetrados por estos imbéciles sin remedio, hay uno que me atrae particularmente, por el retrato que se deduce de su autor. Se trata de Santiago Salvador, autor del atentado del Liceo de Barcelona el 7 de noviembre de 1893. El hombre, de 28 años
había trabajado de camarero, que después de casarse había establecido una taberna que luego cerró, y que había obtenido algunos ingresos con el contrabando de alcohol (…) explicó que su atentado respondía al deseo de luchar contra la burguesía y contra los males que afligían a los obreros (…) [tras su juicio] se anunció la conversión del reo, con la consiguiente satisfacción de sectores católicos que mostraron un gran interés por su alma, lo que incidentalmente también le proporcionó ciertas comodidades materiales en la cárcel. Pero su arrepentimiento se vino abajo cuando se le anunció la ejecución de la sentencia, momento en el que prorrumpió en vivas a la anarquía y la revolución social y declaró que todo había sido una farsa para procurarse comodidades y que quería morir como anarquista. Queda a la interpretación de cada uno si con “farsa” se refería esta mala bestia a su falsa conversión o a toda su trayectoria como anarquista.

En fin, hay mucha paja pero también bastante de interés en esta obra. El autor solo se plantea las preguntas que yo me planteo en su epílogo, en lugar de ir repartiéndolos según los casos que va analizando. Esto hace al libro más pesado y menos interesante, dada la repetición atentados similares y a la acumulación de datos que no contribuyen a ver el cuadro en su totalidad.


"Es cierto que el Romano es libre de hacer todo lo que quiera. Pero también lo es que tiene que soportar las consecuencias de sus actos. No importa que se haya equivocado, que le hayan engañado o incluso forzado: un hombre no se deja forzar: etiamsi coactus, attamen voluit. Es libre; pero si distraído, imprudente o atontado, prometió pagar una determinada cantidad y no puede pagarla, se convierte en esclavo de su acreedor."

Rudolph von Ihering

“Slavery, protection, and monopoly find defenders, not only in those who profit by them, but in those who suffer by them.”

Frédéric Bastiat

On the true nature of the Castro Revolution in Cuba: "The revolution was a cover for committing atrocities without the slightest vestige of guilt ... we were young and irresponsible. We were pirates. We formed our own caste ... we belonged to and believed in nothing -no religion, no flag, no morality or principle. It's fortunate we didn't win, because if we had, we would have drowned the continent in barbarism."

Jorge Masetti -In the Pirate's Den

La anarquía, es decir, la ausencia de fuerza estatal, no es una forma de Estado, y cualquiera que acabe con ella por el medio que sea, el usurpador nacional o el conquistador extranjero, rinde un servicio a la sociedad. Es un salvador, un bienhechor, porque la forma más insoportable de Estado es la ausencia de Estado.


Rudolph von Ihering

"El envidioso está afligido no solo por sus males propios, sino por los bienes de los demás."  -Hipias

[la norma de conducta de los progres] "No hacer nada que alguien pueda envidiarme." -Hipasos

NINOTCHKA,

O EL DISCRETO DESENCANTO CON EL SOCIALISMO 

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Seguimos a la espera de la reedición de este importante libro del gran escritor español José Pla

Historia de la Segunda República.

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También a la espera de este importante libro del genial Rafael Abella.

Finales de enero, 1939, Barcelona cambia de piel

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