Richard Ford

Manual para viajeros por España y lectores en casa · Galicia y Asturias

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Richard Ford publicó este Manual para viajeros por España en 1845. Había llegdo a Sevilla en 1831 y viajado extensamente por toda la península. El recuerdo de aquel viaje, en este volumen número VI, está dedicado a Galicia y Asturias. Su relato está repleto de incisos históricos y notas culturales, además de abundantes referencias a los clásicos, que sin llegar a hacerse pedante, dan la impresión de autoridad y conocimiento de la materia. Digo que no es pedante porque es de justicia reconocerle el valor y el esfuerzo que ha debido poner a prueba este ciudadano británico para adentrarse, a mediados del siglo XIX, por los caminos todavía medievales de la España de entonces, cosa que no veo haciendo a Marx, Sartre, Rousseau o Bernard Shaw -por poner unos ejemplos. El libro es en general interesante y a veces divertido, eso sí, a costa de los comentarios totalmente incorrectos políticamente hacia Galicia y los gallegos. Pero esto, visto hoy, en la distancia, con el desapasionamiento impropio de los nazionalistas y socialistas, es lo que lo hace más divertido de cara al lector general que simplemente espera obtener una visión general de Galicia y Asturias, y a quienes, sin duda, los datos puramente artísticos e históricos sobre los monumentos visitados, les producirá menos interés. Al menos ese es mi caso. Por la misma razón la mitad del libro dedicada a Galicia se hace más interesante que la dedicada a Asturias. En cuanto a Asturias apenas anota algún comentario sobre sus gentes, y se centra en su arte, sus iglesias y su historia. Pero Galicia es un cofre de sorpresas:

 

la gente cena sin chimenea y duerme sin cama, las sabandijas […] se consideran como ciudadanas de buena y habitual compañía”; “la gallega […] cierto es que pocas de ellas nacen bellas […] parecen momias o gatos hallados muertos de hambre detrás de una pared, objetos de pellejo y hueso y pelo; y los hombres son rudos y groseros, y muy raros es que respondan directamente a las preguntas.”

 

La rudeza de los gallegos, hombres y mujeres, no deja lugar a dudas, especialmente en el ambiente rural: el autor se permite traer a colación citas de Silio Itálico y Estrabón para demostrar que el modo de vida no ha cambiado lo más mínimo desde la época en que los primeros viajeros civilizados, los romanos (¡!), nos encontraron. La falta de carreteras, de cualquier tipo de camino, en realidad, iba en relación inversamente proporcional a la presencia de curas, los únicos que parece que comían bien -amén de los nobles de siempre. Es interesante el comentario que hace acerca del propósito que desde hacía tiempo se tenía de hacer una carretera entre Vigo y Madrid que pasara por Orense y El Bierzo (la única existente partía de La Coruña), y que no llegó a ponerse en marcha debido, dice Richard Ford, a “los celos y envidias locales, que son la maldición de España.” No puedo decir si la no construcción de dicha carretera fue debida o no a ello, pero está totalmente en lo cierto el autor en lo referente a celos y envidias; menciona de manera acertada los sentimientos nada fraternales que ya por entonces los viajeros podían advertir entre las ciudades de La Coruña, Santiago y Vigo, y es obvio que entonces no había clubes de fútbol que sirvieran de excusa para ello.

 

Una página la dedica a recomendaciones para el viajero sobre medios de transporte por Galicia, y parece extraída exactamente de cualquier libro de turismo de hoy día, porque simplemente con sustituir todo terreno por poni (el vehículo para Galicia) y neumáticos por herraduras, ya tenemos la guía para el viajero completa, y no exenta de su crítica.

 

El libro, es cierto, no es imparcial. El autor no desaprovecha ocasión alguna de dejar sentada la superioridad del pueblo británico en términos históricos, culturales y en cuanto a avances civilizadores en general; no le falta razón. Sin embargo, se hace raro el leerlo, el encontrar a alguien que deje constancia de semejante disparidad cultural y tecnológica entre dos países distintos, y con ese tinte de desprecio hacia lo que es constatablemente inferior. Este tipo de pasajes es lo que -a mi juicio- se echa en falta hoy día cuando se lee este tipo de relatos de viajes en los cuales todos los países y culturas son igualmente encantadoras, y siempre hay belleza en el paisaje, y las gentes son siempre amables y hospitalarias... ¡Cuánto se echa de menos la sinceridad, la personalidad y la valentía entre los escritores hoy día! Donde no faltan críticas, eso sí, es cuando se da el caso de que el país a tratar es Estados Unidos. En este caso toda crítica es permitida. La hipocresía moderna...

 

Pero volviendo al tema. Cada pueblo de Galicia en que se detiene el autor es una excusa para introducir tal y cual batalla en la que las tropas británicas, del duque de Wellington o de cualquier otro, intervinieron y en la que se comportaron, sin duda, admirablemente, de la manera propia a tal encumbrada nación. El encomio del valor y la valía de las tropas británicas es bastante exagerado, hasta el punto que el vino, ese pérfido elemento, según el autor, es prácticamente el único enemigo serio que pueden temer sus soldados; y no sé si el único, pero con seguridad sí ha sido hasta la fecha un serio enemigo.

 

Richard Ford, en su visita a La Coruña -aparte de dejar mejor, que no es nada difícil, a los coruñeses e incluso a la coruñesas, que a sus vecinos del rural- hace una mención a la Torre de Hércules que me deja dudando. Dice que

 

Los españoles la dejaron derrumbarse, pero, cediendo a repetidos ruegos de los cónsules inglés y holandés, de que se restaurara y convirtiera en un faro propiamente dicho, el rey Carlos III acabó por ordenar la obra.”

 

Tal dato, de confirmarse, sería realmente la gota que colmaría el vaso de la desidia e idiocia gallegas, en lo que a esta obra se refiere. En resumen, el autor hace evidente su preferencia por todo lo británico en comparación con lo español, y si bien no le falta razón generalmente, el lector encontrará casos en que el autor se deja llevar por su entusiasmo patriótico hacia su país. Por ejemplo, decir que España no ha sido nunca un país de tradición marinera, yo creo que es mucho afirmar; y llamar demente a Santa Teresa de Ávila, creo que dice más de quien descalifica que de la pobre mujer, sentimientos religiosos aparte. Pero, ¿quién es perfecto, quién inocente? Tire usted, entonces, la primera piedra. Yo, por mi parte, agradezco al autor, sus excesos y errores, su sinceridad y honestidad, que nos permiten realmente ver cómo éramos hace poco más de 150 años. Y solo le recrimino que no dedicara más espacio a tratar los aspectos humanos, materiales y sociales y menos a los temas artísticos e históricos, como en el caso de la catedral de Santiago, puesto que para eso ya existen otros libros.


"Es cierto que el Romano es libre de hacer todo lo que quiera. Pero también lo es que tiene que soportar las consecuencias de sus actos. No importa que se haya equivocado, que le hayan engañado o incluso forzado: un hombre no se deja forzar: etiamsi coactus, attamen voluit. Es libre; pero si distraído, imprudente o atontado, prometió pagar una determinada cantidad y no puede pagarla, se convierte en esclavo de su acreedor."

Rudolph von Ihering

“Slavery, protection, and monopoly find defenders, not only in those who profit by them, but in those who suffer by them.”

Frédéric Bastiat

On the true nature of the Castro Revolution in Cuba: "The revolution was a cover for committing atrocities without the slightest vestige of guilt ... we were young and irresponsible. We were pirates. We formed our own caste ... we belonged to and believed in nothing -no religion, no flag, no morality or principle. It's fortunate we didn't win, because if we had, we would have drowned the continent in barbarism."

Jorge Masetti -In the Pirate's Den

La anarquía, es decir, la ausencia de fuerza estatal, no es una forma de Estado, y cualquiera que acabe con ella por el medio que sea, el usurpador nacional o el conquistador extranjero, rinde un servicio a la sociedad. Es un salvador, un bienhechor, porque la forma más insoportable de Estado es la ausencia de Estado.


Rudolph von Ihering

"El envidioso está afligido no solo por sus males propios, sino por los bienes de los demás."  -Hipias

[la norma de conducta de los progres] "No hacer nada que alguien pueda envidiarme." -Hipasos

NINOTCHKA,

O EL DISCRETO DESENCANTO CON EL SOCIALISMO 

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Seguimos a la espera de la reedición de este importante libro del gran escritor español José Pla

Historia de la Segunda República.

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También a la espera de este importante libro del genial Rafael Abella.

Finales de enero, 1939, Barcelona cambia de piel

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