Benito Pérez Galdós

Episodios Nacionales · Segunda Serie

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El equipaje del rey José

Una voz omnisciente nos narra la historia. Demasiada conversación, demasiada poca acción. El propósito de este primer episodio de la segunda serie es, evidentemente, la presentación de los nuevos caracteres, de ahí la similitud que ofrece por momentos con una telenovela venezolana. Esperemos que acabe de arrancar la historia, porque ésta promete, considerando sobre todo que la voz narradora no está ya más atada a un solo personaje y testigo ocular. Los dos bandos principales representados por los principales protagonistas, Carlos Garrote y Salvador Monsalud, auguran los futuros enfrentamientos entre carlistas y liberales.

Memorias de un cortesano de 1815

El narrador es un trepa, un despreciable miembro de la clase social que tanto ha abundado siempre en España, los funcionarios elegidos por enchufe. Por supuesto que su continuo escalar los peldaños de la burocracia estatal le hace ver en sí mismo méritos donde no los hay; lo que sí hay es inmoralidad y bajeza; carente de valores morales, su guía en todos sus actos es el interés propio y el de sus valedores. La gracia del personaje se reduce estrictamente al contraste entre lo que el lector ve en él y lo que el propio personaje piensa de sí mismo.

En cuanto a lo histórico el autor nos lleva en presencia del ignominioso rey y de sus ministros y lacayos; la mayor parte del tiempo asistimos a sus conversaciones en palacio, visitamos sus residencias. La realidad del país no pertenece a este capítulo, aquí solo llegan vagos quejidos y breves alusiones a la pobreza del país, a su falta de dinero y de medios para mantener los territorios de Ultramar, que se están perdiendo. Lo que se oye, lo que se cuenta entre pasillos, en oficinas y salones, es qué puesto, mamandurria, bicoca, o enchufe, se le podrá dar a tal o cual personaje: es el reparto del Estado. Y para este arte del medrar a costa del Estado, cuanto más servil sea uno, más le favorece.

La última casaca

Continúa la voz del mismo narrador. La doblez e hipocresía del narrador le llevan a infiltrarse, siguiendo los consejos de su amo benefactor, en las filas del bando liberal, que a punto está de hacerse con las riendas del destino de la nación. Las fluctuaciones del poder llevan a ambos bandos, serviles y liberales, a turnarse en las alegrías y en las miserias de la fortuna. En medio de este lío político asoman la rivalidades y hostilidades entre Carlos Garrote y Salvador Monsalud. Entretenido e interesante episodio que sabe, durante todo su transcurso, a prolegómeno de más importantes acontecimientos que han de ocurrir.

El Gran Oriente

Acabado de terminar este Episodio, la impresión que a uno le deja en primer lugar, es que Galdós se siente como pez en el agua una vez que se ha deshecho de la mordaza que le suponía depender de testigos presenciales para las voces de sus narradores. Un narrador omnisciente que no debe explicaciones a nadie ha tomado las riendas del relato y va cogiendo desenvoltura y se va gustando a sí mismo. Se nota. Independientemente del interés, mayor a veces, otras menor, del relato en sí, aquí se nos presenta Galdós en su máxima impresión. El final, las dos últimas páginas, le mostrarán al lector lo que digo. En cuanto al interés de la historia se nos presenta de nuevo al joven Monsalud, apartado en este capítulo de su antigua novia, tornada enemiga, con una nueva amante que no le corresponde como él quisiera, mientras hay otra que sí lo haría de buena gana pero que se ve apartada de tal afecto. Ésta y su padre, encarcelado por los liberales vengativos, y Monsalud por otro lado, junto a un representante de los clubes masónicos a los que alude el Episodio, absorben el interés del relato. No hay mucho de histórico, salvo el ambiente de rivalidad entre constitucionales y absolutistas en torno al rey para lograr cuotas de poder. Rivalidad escenificada en las ridículas salas de los clubes como el del Gran Oriente. Y España, mientras tanto -y como siempre- echada a perder.

7 de julio

Lo histórico transcurre muy en el fondo de la escena, cuyo principal interés está en saber qué ocurrirá con la vida de Solita: ¿se casará finalmente con su primo Anatolio? Anatolio es soldado en el bando de los absolutistas; o, ¿quizás sí haya esperanza de verla al lado de Salvador Monsalud, a quien sabemos que ama, sin decírnoslo nunca con tales palabras el autor? ¿Recapacitará Monsalud o se obstinará en volver con su antigua amante? Seguimos el drama de Solita en su casa, cuidando de su padre moribundo, y deambulando por las calles de Madrid, en busca del único protector que tiene, su salvador, Salvador Monsalud. Esta búsqueda nos permite asistir a las revueltas entre facciones: los serviles y los liberales. Ambos se pelean por imponer en España su propia idea de gobierno al pueblo, creyendo, o más bien deseando, tener de su lado al rey Fernando VII, Tigrekán. Ambos engañados. Pues el rey felón no es de bando alguno más que del suyo propio, y utilizará a aquellos de quien pueda sacar más provecho en cada momento. Aparece el rey en los balcones de palacio arengando a las tropas absolutistas contra sus rivales. Los “suyos” pierden. Habrá muertos, ajusticiados, pero ya tocará dar la vuelta a la tortilla. Las víctimas de hoy serán los verdugos de mañana. Galdós parece apartarse de los asuntos púramente históricos en este episodio, parece como que ha perdido interés en ellos o, quizá, es que ya dé igual quien gane o quien quierda. Todos son españoles; todos pierden, porque no puede ser de otra forma cuando de odios fratricidas se trata, cuando la victoria de los unos implica necesariamente la muerte o el exilio de los otros. ¿No sabremos nunca tolerarnos? ¿No cabemos todos en España?

Los cien mil hijos de San Luis

Relato contado por Genara, la antaño ferviente partidaria carlista y amante desengañada de Salvador. Vuelve al escenario a la busca ya sin contemplaciones de su ahora añorado y amado Salvador, a quien logró separar de su “hermana” Solita. La parte histórica del relato se ofrece de forma indirecta, de pasada, pues el interés de la trama está absolutamente centrado en la persecución de Genara a su amado Salvador. Esta cuasi-obsesión de la protagonista se transmite muy bien al lector. Galdós, a estas alturas, domina con maestría y soltura el relato; parece que disfruta con la narración y esto se hace notar. Galdós en su mejor momento.

El terror de 1824

La trama se centra en la vida del viejo Sarmiento, el quijotesco liberal que es cuidado y amorosamente atendido por su hija adoptiva Sola. Las cartas de Sola –se supone que dirigidas a su hermano adoptivo Salvador- son confundidas por los absolutistas con cartas políticas y llevan a los dos solitarios héroes a ser encausados por constitucionalistas. El interés del capítulo está totalmente centrado en la humanidad de ambos caracteres: la causa quijotesca de un impotente viejo de quien el mundo se ríe y la soledad y sacrificio cristiano de la joven heroína. El lector no puede sino desear que tanta bondad femenina y sacrificio personal consigan su premio en el algún momento del relato. Los azares de estas dos vidas dejan demasiado relegado todo lo demás, lo méramente histórico, para bien pero también para mal, pues quien no simpatice con ninguno de los dos tendrá poco más en lo que interesarse.

Un voluntario realista

Tilín, un huérfano al cuidado de las monjas y de oficio repicador de campanas, es el singular héroe de este episodio. En este exhibe Galdós su inmenso talento para hacer realista una trama que parece casi imposible. El retrato de los dos personajes principales, Teodora de Aransis y Tilín, es de una profundidad y realismo asombrosos. Salvador Monsalud y su destino envuelto en constantes peligros permanece en tercer plano, pero sus vicisitudes se mezclan con los de los otros dos protagonistas de forma elegante, sublime. La facilidad con la que el autor retrata tal diversidad de pesonajes, y los reúne bajo una misma historia, es realmente asombrosa. Solo cabe pensar cómo escribiría Galdós si le hubiera tocado vivir en pleno siglo XX, desprovisto del lenguaje decimonónico y discursivo que tanto caracteriza a aquel tiempo.

Los apostólicos

Sola, Cordero, y un tardío en aparecer Salvador Monsalud, forman el triángulo de protagonistas principales en este episodio. Genara aparece brevemente junto al simpático anti-héroe Pipaón. La acción histórica se centra en los días finales de la vida de Fernando VII, cuando los proto-carlistas afilan sus cuchillos para heredar el régimen, y los menos absolutistas ponen sus mejores deseos en manos de María Cristina, la futura viuda y madre de la futura reina Isabel. El destino de la nación se dirime en medio de escenas palaciegas; las miradas recaen en Calomarde, el factotum del absolutismo fernandino y archienemigo de los liberales. Carlos, el hermano del rey enfermo, ya nos lo pinta Galdós con esos rasgos de lelo o iluminado que se cree en comunicación directa con los poderes divinos (una especie de Rodríguez Zapatero pero en católico): un personaje ciertamente ridículo si no fuera por la sangre que por su causa habría de derramar España durante un largo siglo de su historia.

Un faccioso más y algunos frailes menos

Prolijo episodio. Quizás sea porque uno a estas alturas está buscando más que otra cosa hallar el desenlace a los destinos de Benigno Cordero, de Sola y de Salvador Monsalud. De todas formas los nuevos inquilinos de estas páginas, fugaces inquilinos, no me han provocado mucho interés, aportan ese toque histórico de fondo a la trama principal pero sin relacionarse con ella. La llegada del cólera a España, a Madrid más concretamente, sí está bien elaborada en la escena del linchamiento (por elegir una palabra). Cuando el pueblo español embrutecido se decide a tomar la “justicia” por su mano, cuando estalla el anarquismo entre las masas populares, muerte y miseria son las consecuencias inevitables. Esto lo sabe bien Galdós –y no es la primera vez que lo relata. En un país donde nadie es apto a gobernar no puede imperar otra forma de gobierno que la anarquía popular: es como darle armas a los presos de una cárcel para que hagan lo que quieran, mientras no salgan y hagan daño a los de fuera. Demasiado prolijo este episodio. A modo de resumen de toda la segunda serie, si la comparo con la primera, diría que los personajes principales defraudan un tanto en las expectativas que producen: demasiado contemplativos, pasivos. Veremos cómo se presenta la tercera serie, Dios mediante.

"Es cierto que el Romano es libre de hacer todo lo que quiera. Pero también lo es que tiene que soportar las consecuencias de sus actos. No importa que se haya equivocado, que le hayan engañado o incluso forzado: un hombre no se deja forzar: etiamsi coactus, attamen voluit. Es libre; pero si distraído, imprudente o atontado, prometió pagar una determinada cantidad y no puede pagarla, se convierte en esclavo de su acreedor."

Rudolph von Ihering

“Slavery, protection, and monopoly find defenders, not only in those who profit by them, but in those who suffer by them.”

Frédéric Bastiat

On the true nature of the Castro Revolution in Cuba: "The revolution was a cover for committing atrocities without the slightest vestige of guilt ... we were young and irresponsible. We were pirates. We formed our own caste ... we belonged to and believed in nothing -no religion, no flag, no morality or principle. It's fortunate we didn't win, because if we had, we would have drowned the continent in barbarism."

Jorge Masetti -In the Pirate's Den

La anarquía, es decir, la ausencia de fuerza estatal, no es una forma de Estado, y cualquiera que acabe con ella por el medio que sea, el usurpador nacional o el conquistador extranjero, rinde un servicio a la sociedad. Es un salvador, un bienhechor, porque la forma más insoportable de Estado es la ausencia de Estado.


Rudolph von Ihering

"El envidioso está afligido no solo por sus males propios, sino por los bienes de los demás."  -Hipias

[la norma de conducta de los progres] "No hacer nada que alguien pueda envidiarme." -Hipasos

NINOTCHKA,

O EL DISCRETO DESENCANTO CON EL SOCIALISMO 

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Seguimos a la espera de la reedición de este importante libro del gran escritor español José Pla

Historia de la Segunda República.

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También a la espera de este importante libro del genial Rafael Abella.

Finales de enero, 1939, Barcelona cambia de piel

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